ASÍ ES LA VIDA: AFRONTAR ES SUPERAR
Una noche en la cual el cielo estaba invadido por las
estrellas, no podía dormir. No se me ocurría una cosa mejor que mirar fijamente
al reloj que estaba apoyado en la mesilla, observando como la aguja de los
segundos se movía con cautela. Cuando me cansé de esta aburrida actividad,
cambié mi postura, poniéndome bocarriba, mirando al techo. Cerré los ojos con
delicadeza notando el roce de las pestañas. Parecía que por fin lo conseguiría.
Pero un pensamiento desconcertó mi mente. Fue como tirar un escorpión en una
jaula de monos.
- ¿Qué pasaría si me corto el pelo?
Las ganas de dormir, o por lo menos descansar, se borraron
de mi mente de un instante a otro. Me puse a pensar. A la gente de mi alrededor
le resultaría desconcertante ver a una adolescente con el pelo corto, muy
corto. Pero, al mismo tiempo, me encantaría y me resultaría más cómodo para
todo. Por otro lado, en mi instituto se meterían conmigo. No con mala
intención, pero lo harían. En mi familia no habría problema; a todos les
resultaría extraño, pero sé y confío en que me apoyarían. En mi equipo de fútbol
también sé que todo seguiría igual. Soy consciente de que tendré que tener una
mentalidad y carácter fuertes para soportar algunas cosas, como las preguntas
respecto a mi género o ciertas bromas pesadas. Conseguí dormir…
Ahora, aquí estoy, frente a un espejo que no me atrevo a
mirar, bajo una capa para protegerme del pelo caído y sobre un sillón.
Escuchando el sonido de las tijeras al abrirse y cerrarse, los suspiros de la
peluquera como muestra de concentración, el estruendo del secador y a un montón
de ancianas con tubos en la cabeza cotilleando sobre sus nietos.
Evitando mirar al espejo, observo a mi alrededor. Dudo unos
instantes. No me atrevo a mirar a los ojos a mi m adre, así que me enderezo en
la silla y permito que la peluquera continúe con lo empezado.
Al cabo de un rato noto cómo alguien me desabrocha la capa.
Sé que, aunque me quede mal, voy a tener la suficiente madurez para afrontarlo.
En la peluquería se nota cierta tensión: la peluquera no
formuló palabra durante su trabajo; mi madre no abrió la boca ni para respirar;
y las ancianas, llegado el momento de la verdad, se callaron. No se escucha ni
el vuelo de una mosca, pero para mí es como si doscientos leones me estuvieran
rugiendo a unos centímetros del oído. Noto tal presión, que decido que todo
acabe en este mismo momento, a esta misma hora.
Abro los ojos, pero aún mirando a mis piernas. Voy
deslizando poco a poco la mirada hasta el espejo. Primero veo mi cintura, luego
el torso. Decidida, sigo subiendo la mirada hasta el cuello. Lentamente voy
mirando partes de la cara: para empezar la boca y luego la nariz. Me paro en
seco. Noto que no puedo avanzar, me pesa la mirada. Hago un esfuerzo y me miro
fijamente a los ojos. Sin recapacitar, sin pensar, subo la vista y…
Y da igual. Da exactamente igual si me ha quedado bien o no.
Da igual si a la gente que me rodea le gusta o no. Todo da igual. Lo único
importante es saber que me he atrevido, que he tenido la personalidad y el
carácter necesarios para afrontar este desafío. Si me queda bien, pues genial.
Si me queda mal, la vida no se acaba aquí, el pelo crece y el tiempo avanza.
Y ahora está en vuestras manos. Si realmente queréis
afrontar o cambiar algo en vuestras vidas, hacedlo. No pasa nada. ¿O pasa algo?
Lucía D. R.