Ganador 1º de Primaria 2025-26

LA SIRENA Y LA TORMENTA

 

Érase una vez una sirena que estaba nadando por el mar. ¡De repente! Una tormenta llegó y todo el reino de la sirena se destruyó. Todo el mundo estaba triste porque se quedaron sin casas. Entonces encontraron una perla, la cogieron y ahora todo el reino volvió a estar feliz.

 

Martina O. Ll. e Paula R. R.

Ganador 2º de Primaria 2025-26

LA CRIADA QUE NO LA QUERÍAN


Érase una vez una criada que se llamaba Carolina. Ella siempre limpiaba el castillo del rey que estaba en la montaña.

Una noche, mientras todos dormían, Carolina vio una ventana abierta y se escapó al bosque. De repente se encontró con un centauro que le dijo:

— ¿Por qué te vas? — Porque no me dejan descansar ni comer, entonces me voy. Pero... no sé a dónde.

El centauro le contestó:

— Si quieres, con mi magia podré enseñarte el castillo de un rey que necesita una reina.

El centauro desapareció y Carolina siguió su camino. Al poco tiempo, se encontró con un conejo llamado Pablete, que le dijo:

— ¿A dónde vas? — Voy al castillo del rey —respondió Carolina. — ¡Pues sigue tu camino!

Carolina siguió su camino cantando:

— La, la, la, voy al castillo del rey, la, la, la.

Siguió su camino pensando cómo podría ser el castillo: de oro, de plata o quizás de piedra... Todas esas ideas eran geniales, pero se encontró con un loro y dijo:

— Oh, oh, oh.

Carolina estaba preocupada por si el loro se ponía a hablar, pero el loro tenía mala cara. Ella no se rindió e intentó espantarlo, pero el loro no se movía.

Suspiró porque el loro no estaba hablando, y de repente el loro empezó a hablar y Carolina pensaba que se iba a desmayar del susto, pero no se rindió, siguió andando y... ¡encontró un mapa!

Era un mapa del tesoro. Carolina lo cogió y siguió andando, pero se tropezó con una piedra; pero no era una piedra cualquiera: ¡era un trozo de un volcán!

Carolina se estaba acercando a un volcán y además había zombis, pero apareció otra vez el centauro y le dijo:

— Toma esta espada y este escudo.

Carolina cogió la espada y el escudo, luchó contra los zombis y los mandó dentro del volcán. La espada y el escudo se esfumaron. Siguió su camino y por fin encontró el cofre del tesoro. Dentro había monedas, collares de perlas y una corona de oro.

Carolina por fin encontró el castillo. Diez años después dejó de trabajar, se casó y se convirtió en reina.

FIN

Triana R. A.

Ganador 3º de Primaria 2025-26

UNA TECLA Y UN RECUERDO


Un día de otoño una niña llamada Laura estaba aburrida tirada en el sofá. Su madre le dijo: "Venga que vamos a comer a casa del abuelo". Fueron caminando y no paró de pensar en lo mismo, en la muerte de su abuela. Es difícil enfrentarse a los cambios, pero hay que intentarlo.

Ya habían llegado a casa de su abuelo. La casa era tan amarilla como siempre. Petó a la puerta y su abuelo le abrió y le hizo una gran sonrisa y ella se la devolvió. Le dijo que tenía una sorpresa en el trastero.

Le dijo a su madre: "¿Mamá, te quedas descansando mientras el abuelo me da una sorpresa que está en el trastero?".

Fueron al trastero, abrió la puerta y había muchos trastos viejos, pero el que más le llamó la atención fue una manta blanca que tapaba algo enorme. Lo subieron por las escaleras y al llegar lo pusieron en una esquina del salón. Sacó la manta blanca y había un piano lleno de polvo, lo limpió y se sentó en el banquito negro. Tocó una tecla y recordó aquel momento tan bonito cuando tocaban juntas. Tocó otra tecla y recordó cuando hacían postres juntas... oyó de lejos la voz de su abuelo diciendo: "¡A comer!". Comieron pasta antes de irse y le dio un abrazo al piano.

Fue al parque con su amigo Pedro que tenía nueve años, jugaron al baloncesto.

Subió a casa, su madre la acostó y como no podía dormir se asomó a la ventana del salón y dijo: "Seguro que en una estrella está mi abuela".

Pablo R. M.


Ganador 4º de Primaria 2025-26

 LUCAS E OS POEMAS RIMOSOS

O señor se
puxo enfadado,
porque non vai
comer estofado.

O estofado está
tan rico,
que ao paxariño
lle saíu o pico.

O pico da aguia
é moi forte,
por iso nunca evita
unha morte.

A morte do
meu perro,
foi pola culpa
dun ferro.

O ferro é un
material moi duro,
ata serve para
romper un muro.

O muro faise
cos ladrillos,
aínda que eu prefiro
comer millos.

Lucas S. P.

Texto Ganador 5º de Primaria 2025-26

El misterio del polen morado

Hace dos años ocurrió una cosa que cambió el mundo que conocemos. Un día, al despertar, bajé de la cama para ir a lavarme los dientes. Pero, paso a paso, sentía una sensación rara y, cuando llegué al baño... ¡no me lo podía creer! ¡Me había convertido en una lobita! Tenía los dientes afilados, estaba cubierta de pelo y tenía muchísima hambre.

Bajé corriendo las escaleras, pero al empezar, ¡me puse a cuatro patas! Cuando llegué, mi madre también era un lobo, pero ella no estaba asustada. Me intenté calmar. Le pregunté si hoy no me notaba nada raro y me respondió que no. Me dijo que no debía bajar a cuatro patas por las escaleras por si me hacía daño. Le pregunté qué día era y me contestó que era día de colegio y que ya era muy tarde.

Entonces desayuné, me vestí rapidísimo y me fui al colegio. Cuando llegué, me di cuenta de que todos los compañeros y compañeras ¡también eran animales! Pero parecía que no lo notaban, parecían animales de toda la vida. Tenía miedo por si me podían hacer daño, pero eran muy amistosos porque, aunque eran animales, seguían siendo mis amigos y amigas. Fui con mi mejor amiga y le pregunté lo mismo que le pregunté a mi madre, y me dijo que sí. ¡Que se habían convertido todos en animales! Le dije que por fin alguien se daba cuenta, porque nadie lo había hecho. Mi mejor amiga era un león con su pelaje suave.

Al acabar el colegio fuimos al parque y nos dimos cuenta de que había un tipo de polen morado muy extraño. Pensamos de dónde podría venir, pero nos dimos cuenta que hacía un camino. Mi mejor amiga y yo decidimos seguirlo, aunque nos daba un poco de miedo. Siguiendo el rastro nos encontramos montañas de polen morado. Mi mejor amiga se quería tirar en esas montañas, pero le paré los pies porque ya se estaba haciendo tarde y teníamos que descubrirlo pronto.

Dimos con el problema: era una fábrica abandonada. De ella salía muchísimo polen. Mi mejor amiga y yo decidimos entrar. Dentro solo había morado, pero... ¡había más animales como nosotros! Había un elefante, un mono y un guepardo. Ellos también se habían dado cuenta de lo ocurrido. El elefante nos contó que su padre trabajaba allí. Nos contó que se había perdido un barril de ese polen. Todos lo ignoraron y siguieron con su trabajo, pero cuando cerró la fábrica, el barril siguió allí. Con el tiempo se fue debilitando y al final se rompió. El contenido era el polen. ¡El polen nos había convertido en animales!

El mono nos dijo que no se podía arreglar y que teníamos que vivir así el resto de nuestra vida. Nos pusimos todos muy nerviosos. ¡¿Cómo que nos íbamos a quedar así para siempre?! Nos quedamos reflexionando sobre todo eso. Y nos dimos cuenta de que sí podemos vivir así todos juntos con todas nuestras diferencias. El elefante es grande y fuerte, el mono escala genial, el guepardo es muy rápido, el león mete miedo y yo, el lobo, caza muy bien. Si mezclamos todo esto podríamos ayudar a todo el mundo. Esta es la prueba de que estar unidos es mucho mejor que separados.

Y ahora ya hacen dos años de todo eso y vivimos todos los animales en paz y armonía.

Marta F.

Texto Ganador 6º de Primaria 2025-26

A TRAVÉS DEL ESPEJO

 

La casa estaba silenciosa. Lo único que se oía era la lenta respiración de una chica de catorce años.

La niña había ido subiendo las escaleras de la enorme mansión cuando su padre y su madre se habían ido a una boda.

Duna era alta y esbelta, su cabello era largo y oscuro como el ala de un cuervo y sus ojos relucían en la casa como témpanos de hielo.

Llegó al desván. No sabía por qué había subido hasta allí, pero un presentimiento le decía que debía abrir la puerta que impedía el paso a la habitación. Armada de valor, abrió la puerta y entró. La estancia parecía desierta. -“Qué valiente he sido” -pensó, sarcástica. Se apoyó contra la pared. Sin embargo, tropezó con algo y cayó de bruces al suelo.

- Au… -musitó- ¿Qué es eso?

Un objeto indefinido cubierto con un paño estaba apoyado en un rincón.

Duna retiró la tela y vio un pequeño espejo dorado. Para observarlo mejor y con más detenimiento buscó un punto de apoyo por la habitación, pero no había muebles. Entonces descubrió un pequeño tornillo en la pared y lo colgó allí.

Palpó las elaboradas molduras con los dedos, intentando localizar alguna letra o trazado que pudiese tener algún sentido para ella. Al no ver nada, rozó el cristal y sucedió algo excepcional, increíble y, a la vez, espeluznante. Al tocarlo, su mano atravesó limpiamente el vidrio. Profiriendo un grito, la retiró. No obstante, la curiosidad la venció y lo volvió a intentar introduciendo todo el brazo, después el otro y, por último, la cabeza. Lo que vislumbró a continuación la sobrecogió tanto que la dejó temblando.

Allí no había nada. Y la nada no era una oscuridad sin fin, ni un lienzo en blanco. Era, simplemente, nada.

Cuando quiso salir, un movimiento traicionero de su mano la hizo caer al vacío. Cerró los ojos, preparada para un choque brutal… que no sucedió.

Su cuerpo aterrizó sobre un manto verde y mojado: hierba. Distinguió que una persona avanzaba hacia ella y que la ayudaba a levantarse, pero no se amedrentó. Cuando consiguió enfocar bien, avistó un rostro sonriente, de pelo rubio como el oro y de ojos verdes como esmeraldas. La miraba divertido.

- Soy Jack -se presentó.

- Duna -dijo solamente.

- Veo que eres nueva por aquí -prosiguió él, risueño-. Estamos en Luznal.

Ella quedó de piedra, “¿Cómo que Luznal? ¿Sería esto una broma de YouTube?” Pero algo en el rostro del muchacho la calmó.

- ¿Cómo… cómo puedo volver a casa? -pregunó ella.

- ¿A casa? -dijo él extrañado-. ¡Aaaah! Te refieres a “arriba”, ¿no?

Ella le miró dubitativa, pero asintió.

- Tienes que cruzar el Río de la Esperanza, el Sendero de la Gratitud y, por último, el Puente del Regreso.

- ¿Me podrías ayudar a llegar? -preguntó, con la duda latiendo en su mirada.

Él vaciló, pero asintió.

Tras algunos días, llegaron a la primera parada.

Construyeron una pequeña balsa gracias a las dotes de ingeniería de Jack y cruzaron la serpiente de agua sin problemas.

Viajaron tres días por el sendero, donde pasaron por la posada más famosa de Luznal: “La Fuente”, en la que conocieron a la señora Fuente, una señora regordecha y bonachona.

Cada vez se iba uniendo más a Jack y, cada vez que estaban juntos, su corazón se aceleraba.

Finalmente, llegaron al Puente del Regreso y Duna vio el mismo túnel por el que había caído. Por primera vez, vio a Jack llorar, y no era agradable.

- Adiós -dijo entre lágrimas también-. Y gracias.

Jack la envolvió entre sus brazos para darle un abrazo, pero cambió de idea y los labios de ambos se encontraron, fundiéndose en un beso que ambos habían anhelado en secreto durante todo el trayecto.

- Ven conmigo -le susurró al oído.

- No puedo, pero te recordaré siempre -dijo con el mismo tono-. Además, tú podrás volver.

Duna se separó por completo de él y asintió.

- Hasta pronto -le dijo antes de desaparecer.

Cuando volvieron sus padres, la encontraron en la cama, ausente, mirando al techo.

- Esta juventud… -suspiró su madre.

Los días siguientes, cuando Duna volvía del instituto, se iba a Luznal a visitar a Jack y a otros amigos Luznenses.

Un día, después de haber pasado una maravillosa tarde con Jack, Duna comprendió que los sentimientos entre dos personas, como el amor o el odio, ni se entregan ni se reciben. Se crean.

Sofía F. A.


Ganadores Absolutos

Etapa de Primaria 2025-26


A TRAVÉS DEL ESPEJO


La casa estaba silenciosa. Lo único que se oía era la lenta respiración de una chica de catorce años.

La niña había ido subiendo las escaleras de la enorme mansión cuando su padre y su madre se habían ido a una boda.

Duna era alta y esbelta, su cabello era largo y oscuro como el ala de un cuervo uy sus ojos relucían en la casa como témpanos de hielo.

Llegó al desván. No sabía por qué había subido hasta allí, pero un presentimiento le decía que debía abrir la puerta que impedía el paso a la habitación. Armada de valor, abrió la puerta y entró. La estancia parecía desierta. -“Qué valiente he sido” -pensó, sarcástica. Se apoyó contra la pared. Sin embargo, tropezó con algo y cayó de bruces al suelo.

- Au… -musitó- ¿Qué es eso?

Un objeto indefinido cubierto con un paño estaba apoyado en un rincón.

Duna retiró la tela y vio un pequeño espejo dorado. Para observarlo mejor y con más detenimiento buscó un punto de apoyo por la habitación, pero no había muebles. Entonces descubrió un pequeño tornillo en la pared y lo colgó allí.

Palpó las elaboradas molduras con los dedos, intentando localizar alguna letra o trazado que pudiese tener algún sentido para ella. Al no ver nada, rozó el cristal y sucedió algo excepcional, increíble y, a la vez, espeluznante. Al tocarlo, su mano atravesó limpiamente el vidrio. Profiriendo un grito, la retiró. No obstante, la curiosidad la venció y lo volvió a intentar introduciendo todo el brazo, después el otro y, por último, la cabeza. Lo que vislumbró a continuación la sobrecogió tanto que la dejó temblando.

Allí no había nada. Y la nada no era una oscuridad sin fin, ni un lienzo en blanco. Era, simplemente, nada.

Cuando quiso salir, un movimiento traicionero de su mano la hizo caer al vacío. Cerró los ojos, preparada para un choque brutal… que no sucedió.

Su cuerpo aterrizó sobre un manto verde y mojado: hierba. Distinguió que una persona avanzaba hacia ella y que la ayudaba a levantarse, pero no se amedrentó. Cuando consiguió enfocar bien, avistó un rostro sonriente, de pelo rubio como el oro y de ojos verdes como esmeraldas. La miraba divertido.

- Soy Jack -se presentó.

- Duna -dijo solamente.

- Veo que eres nueva por aquí -prosiguió él, risueño-. Estamos en Luznal.

Ella quedó de piedra, “¿Cómo que Luznal? ¿Sería esto una broma de YouTube?” Pero algo en el rostro del muchacho la calmó.

- ¿Cómo… cómo puedo volver a casa? -pregunó ella.

- ¿A casa? -dijo él extrañado-. ¡Aaaah! Te refieres a “arriba”, ¿no?

Ella le miró dubitativa, pero asintió.

- Tienes que cruzar el Río de la Esperanza, el Sendero de la Gratitud y, por último, el Puente del Regreso.

- ¿Me podrías ayudar a llegar? -preguntó, con la duda latiendo en su mirada.

Él vaciló, pero asintió.

Tras algunos días, llegaron a la primera parada.

Construyeron una pequeña balsa gracias a las dotes de ingeniería de Jack y cruzaron la serpiente de agua sin problemas.

Viajaron tres días por el sendero, donde pasaron por la posada más famosa de Luznal: “La Fuente”, en la que conocieron a la señora Fuente, una señora regordecha y bonachona.

Cada vez se iba uniendo más a Jack y, cada vez que estaban juntos, su corazón se aceleraba.

Finalmente, llegaron al Puente del Regreso y Duna vio el mismo túnel por el que había caído. Por primera vez, vio a Jack llorar, y no era agradable.

- Adiós -dijo entre lágrimas también-. Y gracias.

Jack la envolvió entre sus brazos para darle un abrazo, pero cambió de idea y los labios de ambos se encontraron, fundiéndose en un beso que ambos habían anhelado en secreto durante todo el trayecto.

- Ven conmigo -le susurró al oído.

- No puedo, pero te recordaré siempre -dijo con el mismo tono-. Además, tú podrás volver.

Duna se separó por completo de él y asintió.

- Hasta pronto -le dijo antes de desaparecer.

Cuando volvieron sus padres, la encontraron en la cama, ausente, mirando al techo.

- Esta juventud… -suspiró su madre.

Los días siguientes, cuando Duna volvía del instituto, se iba a Luznal a visitar a Jack y a otros amigos Luznenses.

Un día, después de haber pasado una maravillosa tarde con Jack, Duna comprendió que los sentimientos entre dos personas, como el amor o el odio, ni se entregan ni se reciben. Se crean.

Sofía F. A.


Etapa de Secundaria 2025-26


EL CACTUS DE MI HABITACIÓN

 

No se por qué hoy me he quedado tanto tiempo mirando al cactus. Está donde siempre, en la esquina de mi habitación, encima del escritorio, donde nunca pasa nada importante. Es pequeño, redondo, de un color verde oscuro que a veces parece triste. Tiene pinchos por todas partes, finos y afilados, como si estuviera siempre preparado para defenderse. Yo hago los deberes, me equivoco, borro, escribo otra vez… y él sigue ahí, inmóvil, como si el tiempo no fuera con él.

Mi habitación es pequeña, pero es el único sitio donde me siento a salvo. Las paredes guardan mis silencios y las ventanas dejan entrar la luz.

En el colegio todo es ruido: gritos, empujones, peleas, castigos… Yo camino por los pasillos como si fuera transparente. A veces siento que nadie me ve de verdad, que si un día faltara tardarían en notarlo.

Al llegar a casa, dejo la mochila en el suelo, me encierro en mi habitación y se me llenan los ojos de lágrimas.

El cactus no me pregunta nada. No interrumpe. No exige. Solo está.

La tierra de su maceta está seca y agrietada, como si llevara tiempo esperando agua. A veces me siento culpable por olvidarme de regarlo, pero luego pienso que quizá él está hecho para eso. Para aguantar con poco. Para sobrevivir en lugares difíciles donde casi nadie mira dos veces. Yo hago lo mismo, aguanto, y no siempre es fácil. Me guardo las cosas, las palabras, las ganas de llorar. Me pongo pinchos sin darme cuenta. No porque quiera alejar a la gente, si no porque me da miedo que, si se acercan demasiado, me hagan daño.

Me acerco a la ventana y lo miro de cerca. Sus pinchos brillan un poco bajo la luz. Nadie diría que está mal. Nadie ve lo que guarda por dentro. Yo creo que se siente como yo: roto por dentro.

En clase me pasa algo raro. Estoy sentada en mi sitio, pero no estoy del todo allí. No participo tanto como antes y, aunque intento concentrarme, mi cabeza se pierde en mil pensamientos.

En casa, al estudiar, vuelven las lágrimas. No es que no quiera estudiar, es que estoy cansada de exigirme tanto. Saco un ocho y no puedo celebrarlo. Pienso que podría haber sido un nueve o un diez. Pienso que he fallado.

Mientras otros sonríen por sus notas yo solo veo lo que me falta. Me comparo y me presiono, y a veces esa presión me pesa tanto que me cuesta respirar.

El cactus sigue ahí, en silencio. No destaca entre otras cosas de mi habitación. Podrías entrar y ni siquiera fijarte en él. Pero eso no significa que no esté vivo. Que no esté resistiendo. Que no esté creciendo despacio.

Cojo la regadera y le echo un poco de agua. El agua se filtra lentamente en la tierra seca, como si también él estuviera aprendiendo a recibir algo bueno. Mientras lo hago, pienso que quizá yo también debería hacer eso: no ser perfecta, no ser la mejor, no ser invisible. Solo un poco de cuidado. Un poco de paciencia. Alguien que me mire más allá de mi sonrisa y vea que, aunque tenga pinchos, por dentro guardo algo que quiere florecer.

Apago la luz y me tumbo en la cama. El cactus se queda callado, acompañándome en silencio. Y por primera vez en mucho tiempo, pienso que quizá no estoy tan sola, porque si él puede vivir en el desierto, casi sin agua y sin que nadie lo mire y aún así seguir verde, quizá yo pueda hacer lo mismo.

Quizá, incluso siendo invisible a veces, algún día, también yo pueda florecer.


Alma V. P.