Ganadores Absolutos

Etapa de Primaria 2025-26


A TRAVÉS DEL ESPEJO


La casa estaba silenciosa. Lo único que se oía era la lenta respiración de una chica de catorce años.

La niña había ido subiendo las escaleras de la enorme mansión cuando su padre y su madre se habían ido a una boda.

Duna era alta y esbelta, su cabello era largo y oscuro como el ala de un cuervo uy sus ojos relucían en la casa como témpanos de hielo.

Llegó al desván. No sabía por qué había subido hasta allí, pero un presentimiento le decía que debía abrir la puerta que impedía el paso a la habitación. Armada de valor, abrió la puerta y entró. La estancia parecía desierta. -“Qué valiente he sido” -pensó, sarcástica. Se apoyó contra la pared. Sin embargo, tropezó con algo y cayó de bruces al suelo.

- Au… -musitó- ¿Qué es eso?

Un objeto indefinido cubierto con un paño estaba apoyado en un rincón.

Duna retiró la tela y vio un pequeño espejo dorado. Para observarlo mejor y con más detenimiento buscó un punto de apoyo por la habitación, pero no había muebles. Entonces descubrió un pequeño tornillo en la pared y lo colgó allí.

Palpó las elaboradas molduras con los dedos, intentando localizar alguna letra o trazado que pudiese tener algún sentido para ella. Al no ver nada, rozó el cristal y sucedió algo excepcional, increíble y, a la vez, espeluznante. Al tocarlo, su mano atravesó limpiamente el vidrio. Profiriendo un grito, la retiró. No obstante, la curiosidad la venció y lo volvió a intentar introduciendo todo el brazo, después el otro y, por último, la cabeza. Lo que vislumbró a continuación la sobrecogió tanto que la dejó temblando.

Allí no había nada. Y la nada no era una oscuridad sin fin, ni un lienzo en blanco. Era, simplemente, nada.

Cuando quiso salir, un movimiento traicionero de su mano la hizo caer al vacío. Cerró los ojos, preparada para un choque brutal… que no sucedió.

Su cuerpo aterrizó sobre un manto verde y mojado: hierba. Distinguió que una persona avanzaba hacia ella y que la ayudaba a levantarse, pero no se amedrentó. Cuando consiguió enfocar bien, avistó un rostro sonriente, de pelo rubio como el oro y de ojos verdes como esmeraldas. La miraba divertido.

- Soy Jack -se presentó.

- Duna -dijo solamente.

- Veo que eres nueva por aquí -prosiguió él, risueño-. Estamos en Luznal.

Ella quedó de piedra, “¿Cómo que Luznal? ¿Sería esto una broma de YouTube?” Pero algo en el rostro del muchacho la calmó.

- ¿Cómo… cómo puedo volver a casa? -pregunó ella.

- ¿A casa? -dijo él extrañado-. ¡Aaaah! Te refieres a “arriba”, ¿no?

Ella le miró dubitativa, pero asintió.

- Tienes que cruzar el Río de la Esperanza, el Sendero de la Gratitud y, por último, el Puente del Regreso.

- ¿Me podrías ayudar a llegar? -preguntó, con la duda latiendo en su mirada.

Él vaciló, pero asintió.

Tras algunos días, llegaron a la primera parada.

Construyeron una pequeña balsa gracias a las dotes de ingeniería de Jack y cruzaron la serpiente de agua sin problemas.

Viajaron tres días por el sendero, donde pasaron por la posada más famosa de Luznal: “La Fuente”, en la que conocieron a la señora Fuente, una señora regordecha y bonachona.

Cada vez se iba uniendo más a Jack y, cada vez que estaban juntos, su corazón se aceleraba.

Finalmente, llegaron al Puente del Regreso y Duna vio el mismo túnel por el que había caído. Por primera vez, vio a Jack llorar, y no era agradable.

- Adiós -dijo entre lágrimas también-. Y gracias.

Jack la envolvió entre sus brazos para darle un abrazo, pero cambió de idea y los labios de ambos se encontraron, fundiéndose en un beso que ambos habían anhelado en secreto durante todo el trayecto.

- Ven conmigo -le susurró al oído.

- No puedo, pero te recordaré siempre -dijo con el mismo tono-. Además, tú podrás volver.

Duna se separó por completo de él y asintió.

- Hasta pronto -le dijo antes de desaparecer.

Cuando volvieron sus padres, la encontraron en la cama, ausente, mirando al techo.

- Esta juventud… -suspiró su madre.

Los días siguientes, cuando Duna volvía del instituto, se iba a Luznal a visitar a Jack y a otros amigos Luznenses.

Un día, después de haber pasado una maravillosa tarde con Jack, Duna comprendió que los sentimientos entre dos personas, como el amor o el odio, ni se entregan ni se reciben. Se crean.

Sofía F. A.


Etapa de Secundaria 2025-26


EL CACTUS DE MI HABITACIÓN

 

No se por qué hoy me he quedado tanto tiempo mirando al cactus. Está donde siempre, en la esquina de mi habitación, encima del escritorio, donde nunca pasa nada importante. Es pequeño, redondo, de un color verde oscuro que a veces parece triste. Tiene pinchos por todas partes, finos y afilados, como si estuviera siempre preparado para defenderse. Yo hago los deberes, me equivoco, borro, escribo otra vez… y él sigue ahí, inmóvil, como si el tiempo no fuera con él.

Mi habitación es pequeña, pero es el único sitio donde me siento a salvo. Las paredes guardan mis silencios y las ventanas dejan entrar la luz.

En el colegio todo es ruido: gritos, empujones, peleas, castigos… Yo camino por los pasillos como si fuera transparente. A veces siento que nadie me ve de verdad, que si un día faltara tardarían en notarlo.

Al llegar a casa, dejo la mochila en el suelo, me encierro en mi habitación y se me llenan los ojos de lágrimas.

El cactus no me pregunta nada. No interrumpe. No exige. Solo está.

La tierra de su maceta está seca y agrietada, como si llevara tiempo esperando agua. A veces me siento culpable por olvidarme de regarlo, pero luego pienso que quizá él está hecho para eso. Para aguantar con poco. Para sobrevivir en lugares difíciles donde casi nadie mira dos veces. Yo hago lo mismo, aguanto, y no siempre es fácil. Me guardo las cosas, las palabras, las ganas de llorar. Me pongo pinchos sin darme cuenta. No porque quiera alejar a la gente, si no porque me da miedo que, si se acercan demasiado, me hagan daño.

Me acerco a la ventana y lo miro de cerca. Sus pinchos brillan un poco bajo la luz. Nadie diría que está mal. Nadie ve lo que guarda por dentro. Yo creo que se siente como yo: roto por dentro.

En clase me pasa algo raro. Estoy sentada en mi sitio, pero no estoy del todo allí. No participo tanto como antes y, aunque intento concentrarme, mi cabeza se pierde en mil pensamientos.

En casa, al estudiar, vuelven las lágrimas. No es que no quiera estudiar, es que estoy cansada de exigirme tanto. Saco un ocho y no puedo celebrarlo. Pienso que podría haber sido un nueve o un diez. Pienso que he fallado.

Mientras otros sonríen por sus notas yo solo veo lo que me falta. Me comparo y me presiono, y a veces esa presión me pesa tanto que me cuesta respirar.

El cactus sigue ahí, en silencio. No destaca entre otras cosas de mi habitación. Podrías entrar y ni siquiera fijarte en él. Pero eso no significa que no esté vivo. Que no esté resistiendo. Que no esté creciendo despacio.

Cojo la regadera y le echo un poco de agua. El agua se filtra lentamente en la tierra seca, como si también él estuviera aprendiendo a recibir algo bueno. Mientras lo hago, pienso que quizá yo también debería hacer eso: no ser perfecta, no ser la mejor, no ser invisible. Solo un poco de cuidado. Un poco de paciencia. Alguien que me mire más allá de mi sonrisa y vea que, aunque tenga pinchos, por dentro guardo algo que quiere florecer.

Apago la luz y me tumbo en la cama. El cactus se queda callado, acompañándome en silencio. Y por primera vez en mucho tiempo, pienso que quizá no estoy tan sola, porque si él puede vivir en el desierto, casi sin agua y sin que nadie lo mire y aún así seguir verde, quizá yo pueda hacer lo mismo.

Quizá, incluso siendo invisible a veces, algún día, también yo pueda florecer.


Alma V. P.