EL CACTUS DE MI HABITACIÓN
No se por qué hoy me he quedado tanto tiempo mirando al
cactus. Está donde siempre, en la esquina de mi habitación, encima del
escritorio, donde nunca pasa nada importante. Es pequeño, redondo, de un color
verde oscuro que a veces parece triste. Tiene pinchos por todas partes, finos y
afilados, como si estuviera siempre preparado para defenderse. Yo hago los
deberes, me equivoco, borro, escribo otra vez… y él sigue ahí, inmóvil, como si
el tiempo no fuera con él.
Mi habitación es pequeña, pero es el único sitio donde me
siento a salvo. Las paredes guardan mis silencios y las ventanas dejan entrar
la luz.
En el colegio todo es ruido: gritos, empujones, peleas,
castigos… Yo camino por los pasillos como si fuera transparente. A veces siento
que nadie me ve de verdad, que si un día faltara tardarían en notarlo.
Al llegar a casa, dejo la mochila en el suelo, me encierro
en mi habitación y se me llenan los ojos de lágrimas.
El cactus no me pregunta nada. No interrumpe. No exige. Solo
está.
La tierra de su maceta está seca y agrietada, como si
llevara tiempo esperando agua. A veces me siento culpable por olvidarme de
regarlo, pero luego pienso que quizá él está hecho para eso. Para aguantar con
poco. Para sobrevivir en lugares difíciles donde casi nadie mira dos veces. Yo
hago lo mismo, aguanto, y no siempre es fácil. Me guardo las cosas, las
palabras, las ganas de llorar. Me pongo pinchos sin darme cuenta. No porque
quiera alejar a la gente, si no porque me da miedo que, si se acercan demasiado,
me hagan daño.
Me acerco a la ventana y lo miro de cerca. Sus pinchos
brillan un poco bajo la luz. Nadie diría que está mal. Nadie ve lo que guarda
por dentro. Yo creo que se siente como yo: roto por dentro.
En clase me pasa algo raro. Estoy sentada en mi sitio, pero
no estoy del todo allí. No participo tanto como antes y, aunque intento
concentrarme, mi cabeza se pierde en mil pensamientos.
En casa, al estudiar, vuelven las lágrimas. No es que no
quiera estudiar, es que estoy cansada de exigirme tanto. Saco un ocho y no
puedo celebrarlo. Pienso que podría haber sido un nueve o un diez. Pienso que
he fallado.
Mientras otros sonríen por sus notas yo solo veo lo que me
falta. Me comparo y me presiono, y a veces esa presión me pesa tanto que me
cuesta respirar.
El cactus sigue ahí, en silencio. No destaca entre otras
cosas de mi habitación. Podrías entrar y ni siquiera fijarte en él. Pero eso no
significa que no esté vivo. Que no esté resistiendo. Que no esté creciendo
despacio.
Cojo la regadera y le echo un poco de agua. El agua se
filtra lentamente en la tierra seca, como si también él estuviera aprendiendo a
recibir algo bueno. Mientras lo hago, pienso que quizá yo también debería hacer
eso: no ser perfecta, no ser la mejor, no ser invisible. Solo un poco de
cuidado. Un poco de paciencia. Alguien que me mire más allá de mi sonrisa y vea
que, aunque tenga pinchos, por dentro guardo algo que quiere florecer.
Apago la luz y me tumbo en la cama. El cactus se queda
callado, acompañándome en silencio. Y por primera vez en mucho tiempo, pienso
que quizá no estoy tan sola, porque si él puede vivir en el desierto, casi sin
agua y sin que nadie lo mire y aún así seguir verde, quizá yo pueda hacer lo
mismo.
Quizá, incluso siendo invisible a veces, algún día, también
yo pueda florecer.
Alma V. P.