Oro 2º Ciclo de la ESO 2025-26

EL CACTUS DE MI HABITACIÓN

  

No se por qué hoy me he quedado tanto tiempo mirando al cactus. Está donde siempre, en la esquina de mi habitación, encima del escritorio, donde nunca pasa nada importante. Es pequeño, redondo, de un color verde oscuro que a veces parece triste. Tiene pinchos por todas partes, finos y afilados, como si estuviera siempre preparado para defenderse. Yo hago los deberes, me equivoco, borro, escribo otra vez… y él sigue ahí, inmóvil, como si el tiempo no fuera con él.

Mi habitación es pequeña, pero es el único sitio donde me siento a salvo. Las paredes guardan mis silencios y las ventanas dejan entrar la luz.

En el colegio todo es ruido: gritos, empujones, peleas, castigos… Yo camino por los pasillos como si fuera transparente. A veces siento que nadie me ve de verdad, que si un día faltara tardarían en notarlo.

Al llegar a casa, dejo la mochila en el suelo, me encierro en mi habitación y se me llenan los ojos de lágrimas.

El cactus no me pregunta nada. No interrumpe. No exige. Solo está.

La tierra de su maceta está seca y agrietada, como si llevara tiempo esperando agua. A veces me siento culpable por olvidarme de regarlo, pero luego pienso que quizá él está hecho para eso. Para aguantar con poco. Para sobrevivir en lugares difíciles donde casi nadie mira dos veces. Yo hago lo mismo, aguanto, y no siempre es fácil. Me guardo las cosas, las palabras, las ganas de llorar. Me pongo pinchos sin darme cuenta. No porque quiera alejar a la gente, si no porque me da miedo que, si se acercan demasiado, me hagan daño.

Me acerco a la ventana y lo miro de cerca. Sus pinchos brillan un poco bajo la luz. Nadie diría que está mal. Nadie ve lo que guarda por dentro. Yo creo que se siente como yo: roto por dentro.

En clase me pasa algo raro. Estoy sentada en mi sitio, pero no estoy del todo allí. No participo tanto como antes y, aunque intento concentrarme, mi cabeza se pierde en mil pensamientos.

En casa, al estudiar, vuelven las lágrimas. No es que no quiera estudiar, es que estoy cansada de exigirme tanto. Saco un ocho y no puedo celebrarlo. Pienso que podría haber sido un nueve o un diez. Pienso que he fallado.

Mientras otros sonríen por sus notas yo solo veo lo que me falta. Me comparo y me presiono, y a veces esa presión me pesa tanto que me cuesta respirar.

El cactus sigue ahí, en silencio. No destaca entre otras cosas de mi habitación. Podrías entrar y ni siquiera fijarte en él. Pero eso no significa que no esté vivo. Que no esté resistiendo. Que no esté creciendo despacio.

Cojo la regadera y le echo un poco de agua. El agua se filtra lentamente en la tierra seca, como si también él estuviera aprendiendo a recibir algo bueno. Mientras lo hago, pienso que quizá yo también debería hacer eso: no ser perfecta, no ser la mejor, no ser invisible. Solo un poco de cuidado. Un poco de paciencia. Alguien que me mire más allá de mi sonrisa y vea que, aunque tenga pinchos, por dentro guardo algo que quiere florecer.

Apago la luz y me tumbo en la cama. El cactus se queda callado, acompañándome en silencio. Y por primera vez en mucho tiempo, pienso que quizá no estoy tan sola, porque si él puede vivir en el desierto, casi sin agua y sin que nadie lo mire y aún así seguir verde, quizá yo pueda hacer lo mismo.

Quizá, incluso siendo invisible a veces, algún día, también yo pueda florecer.

Alma V. P.