LA PUERTA ESMERALDA
Entro tan rápido en mi cuarto que tardo unos segundos en asimilar lo que tengo delante de mis ojos: una puerta verde esmeralda en el centro de la pared que antes no estaba aquí. Es de madera y está desgastada, como si varias personas ya la hubieran usado antes. Le paso suavemente mis dedos temblorosos por encima, y entonces me hago una pregunta: “¿Qué habrá detrás de esta extraña puerta?”. La curiosidad me supera, así que, con indecisión, agarro el pomo y lo hago girar.
En cuanto la puerta se abre, me paro en seco a contemplar
una playa, grande y majestuosa, con gaviotas revoloteando varios metros por
encima de mi cabeza. Los cálidos rayos del alba me dan suavemente en la cara y
el cielo está teñido de preciosos colores pastel que se extienden hasta el
horizonte.
Doy varios pasos hacia la playa, con cautela, y caigo en la
cuenta de que aquí todo me resulta familiar: el color de la arena, el sonido de
las olas rompiendo con fuerza contra las rocas, el olor a marisco y la suavidad
de la brisa marina. Y es en ese mismo instante cuando me percato: solía venir a
esta playa con mi madre cuando era pequeña.
Me dejo caer sobre la arena húmeda, contemplando atónita
esta increíble imagen. Agarro un puñado de arena y lo aprieto con fuerza en mi
mano, deleitándome con su rugoso tacto y después la suelto, dejando que se
escurra con rapidez entre mis dedos.
Levanto la mirada y veo una niña pequeña corriendo descalza
por la orilla. Su pelo rubio y encrespado vuela con suavidad por la brisa
marina y sus ojos azules y brillantes reflejan levemente la luz del sol. Por
una extraña y remota razón que desconozco, esa niña soy yo hace unos diez años.
Entonces escucho una voz familiar, llamando por mi nombre. Me giro y veo a mi
madre, joven y guapa, con un vestido de flores que le queda grande. Mi yo del
pasado solo tarda unos segundos en llegar hasta ella y darle un fuerte abrazo.
Esto es un recuerdo. Si hago memoria aun puedo ver con claridad en mi cabeza
ese día. Puedo recordar que después fuimos a casa y mi padre me hizo gofres de
chocolate.
Aún recuerdo esa época, cuando no me preocupaba por cosas
sin sentido, cuando no intentaba encajar en una sociedad con límites, cuando
era feliz no porque pudiera, sino porque quería.
Así que me levanto y sacudo la arena de los pantalones y
entro por la puerta. Y, justo antes de cerrarla, miro un último momento a la
playa, al horizonte que se extiende infinitamente, a las rocas cubiertas de
mejillones, a la fina y blanca arena, al sol reflejado en el mar, a mi recuerdo
más preciado. Y entonces, me prometo no más lamentos por tonterías, no más
intenciones de ser alguien que no soy, me prometo ser feliz. Y, entonces,
cierro la puerta.
Uxía P. A.